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Ricitos de Oro y los tres osos

Ricitos de Oro y los tres ososHace mucho tiempo, en una cabaña a la orilla de un gran bosque, vivía una niñita llamada Ricitos de Oro. Ella era huérfana y vivía con su abuela, quien la quería profundamente. La abuela estaba muy viejita de manera que la mayor parte de los quehaceres de la casa los hacía Ricitos de Oro. Ella era tan joven y fuerte que no le importaba nada porque tenía suficiente tiempo para jugar y estaba contenta todo el día.

Aunque la pequeña Ricitos de Oro vivía lejos de otros niños, nunca se sentía sola porque tenía muchos amigos y compañeros de juego entre los animales salvajes del bosque. El tierno venado de ojos dulces comía de su mano y los pájaros silvestres venían a su llamada musical porque ella conocía su idioma y los quería mucho a todos.

Ricitos de Oro nunca se adentraba lejos en el bosque. Pero un día a comienzos del otoño, mientras recogía hojas brillantes y palitos dorados, ella se adentró más allá de lo que conocía y se encontró con una cabaña gris y solitaria debajo de los frondosos árboles. Una placa de madera al lado de la puerta entreabierta mostraba quién vivía allí. Decía:

“Papa Oso, Mamá Osa y el Pequeño Osito”.

“¡De manera que aquí es donde viven los osos graciosos!” dijo Ricitos de Oro mientras tocaba la puerta. “Quiero conocerlos.”

No hubo respuesta a su llamada, de manera que empujó la puerta hasta abrirla y entró.

Era una casa muy desorganizada pero un fuego brillante ardía en el fogón y sobre éste colgaba una olla grande y negra de sopa hirviendo, mientras que en la mesa cercana habían tres tazones amarillos de diferentes tamaños.

“Un tazón grande para Papá Oso, un tazón mediano para Mamá Osa y un tazón pequeño para el Pequeño Osito”, dijo Ricitos de Oro.

“Esa sopa huele bien”, dijo ella, “pero ¡oh! ¡qué casa tan desorganizada! La pondré en orden mientras espero que los osos regresen.”

De manera que se puso a trabajar barriendo y limpiando el polvo y pronto el cuarto estaba organizado. Entonces, fue al dormitorio e hizo las tres camas: la grande del Papá Oso, la mediana de la Mamá Osa y la pequeña del Pequeño Osito. Ella se movía de un lado a otro y tenía todo tan limpio como un espejo cuando entraron los tres osos graciosos. Por un momento los osos se quedaron mudos, con los ojos abiertos, mirando a Ricitos de Oro que era como un rayo de sol en el cuarto en penumbra. Entonces, ellos estallaron en una gran risotada y le dieron la bienvenida a su casa. Cuando vieron lo bonita y limpia que estaba la casa, le dieron las gracias de corazón y la invitaron a compartir su cena porque la sopa ya estaba lista y todos estaban hambrientos. Ricitos de Oro pasó el resto del día con los tres osos graciosos jugando al escondite y muchos juegos nuevos que los osos le enseñaron.

Cuando el sol de la tarde se puso por el oeste, la niñita dijo que tenía que irse a casa porque su abuela estaría preocupada por ella. Los tres osos no la dejaron marchar sola, así que todos fueron juntos por un claro del bosque —formando un grupo feliz.

Ricitos de Oro iba sobre la ancha espalda de Papá Oso, mientras Mamá Osa y el Pequeño Osito caminaban felizmente a los lados. De esta manera, antes de la caída de la noche, salieron del bosque y derecho a la casa de Ricitos de Oro.

Seguro que la abuela iba a sorprenderse al ver esta extraña compañía con su pequeña Ricitos de Oro. Pero cuando vio lo felices que estaban todos y qué cuidadosos eran en ayudar a Ricitos de Oro a poner la cena, ella estuvo feliz de que se quedaran y los acogió encantada. Papá Oso cortó la leña, la trajo adentro y prendió el fuego. Mamá Osa tomó la tetera y la llenó con agua traída del pozo por el Pequeño Osito, y pronto pudieron sentarse a la mesa con una buena cena de bizcochitos calientes, miel y pastel de calabaza, con té para los mayores y una buena leche dulce para Ricitos de Oro y el Pequeño Osito.

A la abuela le gustaron tanto los tres osos, y éstos estaban tan contentos con las comodidades de la casa, que decidieron vivir juntos por el bien todos.

Papá Oso haría los quehaceres y cuidaría la casa por las noches. Mamá Osa haría los quehaceres domésticos bajo la dirección de Ricitos de Oro. Mientras que el Pequeño Osito estaría pendiente de la abuela y haría los recados de la casa.

Y sucedió que los tres osos trasladaron sus tres tazones y sus tres camas a la casa de Ricitos de Oro y su abuela, al mismo día siguiente. Y por lo que se cuenta fueron felices para siempre. De todos modos, la fama de Ricitos de Oro y los tres osos se extendió por todas partes a través del país, de manera que durante las vacaciones, grupos de niños venían a jugar con los cuatro amigos graciosos.

Los amistosos osos siempre estaban ansiosos en complacer a los niños. Ellos jugaban bajo los árboles verdes del bosque en el verano y practicaban deportes divertidos en el lago congelado o en las colinas nevadas en el invierno. Ellos hicieron todo lo posible para hacer de la vida de todos una alegría constante.

Cuánto tiempo vivieron nadie parece saberlo porque fue hace mucho, mucho tiempo, y sólo queda un recuerdo dichoso de un tiempo dorado y feliz.

FIN

Autor: Anónimo

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